Rompeolas

Luego de oír las historias de Alberto, los rompeolas del Club Regatas que divisábamos desde la terraza de Alfresco cobraban una aureola legendaria, de monumentos ancestrales, espolones de piedras que no sólo estaban allí, hendiendo en el mar, para obligarlo a retirarse, entregando una ceja de playa a los bañistas, sino como reminiscencias de una vieja estirpe, construcciones medio urbanas, medio religiosas, productos a la vez de la pericia artesanal y de una sabiduría secreta, sagrada y mítica antes que práctica y funcional. Según mi supuesto sobrino, para construir un rompeolas, determinar exactamente el lugar donde debía ser erigida aquella armazón de bloques de piedras superpuestas o unidas con mezcla, no era suficiente, ni siquiera necesario, el menor cálculo técnico. Lo indispensable era el “ojo” del práctico, especie de brujo, chamán, adivinador, a la manera del rabdomante que detecta los pozos de agua oculta bajo la superficie de la tierra, o del maestro chino de Feng Shui que decide la dirección en que debe ser orientada una casa y los muebles que la ocupan para que los futuros habitantes vivan en paz y disfruten de ella, o, en su defecto, se sientan hostilizados y empujados a desavenencias y fricciones, capaz de detectar por pálpito o ciencia infusa – como lo venía haciando desde hacía medio siglo en la costa de Lima el viejo Arquímedes – dónde construir un rompeolas para que las aguas lo aceptaran y no le sacaran la vuelta arenándolo, socavándolo, doblegándolo por los flancos, impidiéndole cumplir su cometido de rendir al mar.

Travesuras de la niña mala
Mario Vargas Llosa